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Ayer un marginado, hoy un hombre pleno
En civilizaciones pasadas se consideró al ciego como un
ser inútil, hijo del pecado, a quien no le quedaba otro
camino que la mendicidad. El abandono y el desprecio social fueron
la norma. Nada menos que filósofos como Platón y
Aristóteles preconizaban el infanticidio: los niños
que nacían con defectos eran eliminados. En Roma pasó
lo mismo con la Ley de las Doce Tablas. Pero el canto en algunos
casos, la adivinatoria en otros, salvó más de una
vida de aquellos infelices y marginados ciegos. Asilos y mendicidad
fueron entonces su destino durante muchos siglos.
En nuestros días, en cambio, predomina el concepto de que
el ciego es un ser humano con todos los derechos, que debe educarse,
adquirir capacitación laboral y de ese modo integrarse
como miembro útil de la sociedad. El hombre común
también lo va entendiendo así... y ofrece su ayuda.
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